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A D. Manuel Verdes López Diéguez
Nunca lo olvidaré, corría la primavera de 1997, estaba comenzando una de las habituales Asambleas Generales de la Federación Nacional de Aspaym (que tengo el honor de presidir), y donde todos los miembros que la componen somos algo más que compañeros y conocidos, somos amigos que hemos puesto altruistamente nuestras vidas a disposición de algo que consideramos muy importante y que nos reconforta enormemente (independientemente de que nuestra forma de actuar tenga mayor o menor acierto), la lucha por la normalización de vida y la igualdad de oportunidades de los Grandes Discapacitados y muy específicamente la de aquellos que padecen una afección de la médula espinal. Como decía, nunca olvidaré la entrada en la sala donde nos reuníamos de un individuo, para mí hasta entonces desconocido, que transmitía ya a distancia una bondad inusual, que desprendía afecto a través de una permanente sonrisa que le ennoblecía y daba un carácter agradable a su personalidad, pregunté de inmediato de quien se trataba y me dijeron que era el representante de Aspaym Madrid. La reunión transcurrió como tantas otras, debatiendo y estudiando nuestros problemas, nuestros proyectos y nuestras directrices, sin nada específico que resaltar (al menos que yo recuerde en estos momentos). Terminada la asamblea, y como suele ser habitual, nos fuimos todos a comer al restaurante del hotel donde nos encontrábamos en Toledo y como suele ser norma en mí me dirigí directamente a Manuel Verdes (para entonces ya me había enterado de su nombre), al objeto de darle personalmente la bienvenida a nuestra pequeña pero extraordinaria familia, y de esa forma ocupamos sitios contiguos en la comida, teniendo así la oportunidad de empezar a conocer a un nuevo compañero, que con el tiempo se transformaría en mi mano derecha en la Federación Nacional y lo que es mucho más importante en un gran amigo personal al que será difícil poder olvidar.
Efectivamente y cumpliendo con lo que el viejo refrán demanda “la cara es el espejo del alma” poco a poco, día tras día, mes tras mes y año tras año, tuve el placer de conocer, cada vez con más profundidad, a este gran hombre cuyo trato y conversación me engrandecían personalmente, por su serenidad, madurez, sobriedad, prudencia, humildad, respeto y por encima de todo su extremada y abnegada bondad, que me hicieron ir valorándolo cada vez con más fuerza hasta llegar en el año 2005 a proponerle como Vicepresidente de la Federación Nacional, pues sus consejos, apoyo y lealtad hacia mi persona y hacia los principios de Aspaym, me eran totalmente necesarios para poder ejercer con eficacia y sosiego la labor que como Presidente tengo encomendada.
Ya por aquel entonces, el afecto y cariño que ambos nos teníamos fue desembocando en una verdadera, sana y real amistad, en la que ninguno esperábamos nada del otro, salvo el enriquecimiento que suponía para mí estar junto a un hombre tan risueño y tan lleno de valores, que jamás pedía nada a cambio por su desinteresada colaboración y trabajo, quizás tan solo la recompensa que supone la paz y la tranquilidad que conlleva simplemente el ayudar al prójimo por solidaridad, convicción y creencia en que lo que hacía era realmente bueno. Siempre trabajando desde la sombra, sin querer ningún tipo de reconocimiento, huyendo de los aspectos mediáticos y del reconocimiento público a su gran labor, algo que solo las grandes personas pueden realizar, ya que se olvidan y quieren ignorar que el tiempo y solo el tiempo pone a todo el mundo en su sitio. Tal vez la extraordinaria figura de D. Manuel Verdes López Diéguez, dada su humildad y prudencia, sea desgraciadamente poco conocida, pero yo hoy no quiero dejar pasar la oportunidad de exclamar ¡Gracias Manolito! (ese es el nombre por el que todos sus amigos le conocíamos) no solo porque dedicaste tu vida a ayudar a otros, sino por el cómo lo hacías, fuiste una persona que supiste transmitir con tu ejemplo, pese a la discapacidad que tenias y de la cual hasta muchas veces te reías y nos hacías sonreír a todos, que se puede ser un persona totalmente válida y digna en la vida con arraigados conceptos éticos y morales que propugnaron todos los valores que derrochabas siempre acompañados de una amplia sonrisa.
Tuvo que ser el pasado martes y 13, cuando decidiste o Dios decidió por tí, dejarnos sin tu presencia y tu compañía, después de una larga convalecencia de una enfermedad, en la que también fuiste nuevamente un ejemplo. Efectivamente te has marchado, pero nos has dejado tantas cosas que uno se siente incluso contento de saber que hasta el Altísimo se sentirá orgulloso de tenerte con Él, pues tú no puedes estar en otro sitio que no sea gozando de la presencia del Señor. Aquí quedamos nosotros que siempre te recordaremos, todos los que hemos tenido el placer de conocerte, tus compañeros, tus amigos, tu familia, tu mujer, tus hijos….., con la seguridad de que más tarde o más temprano podremos darte nuevamente un fortísimo abrazo y un enorme beso, cuando Dios quiera llevarnos a su lado en ese proceso tan natural de la vida como es la muerte, y devolverte así aunque solo sea una mínima parte del cariño y del afecto que tu nos profesaste. Pero ten por seguro que tu existencia no ha pasado inadvertida, y que brevemente a través de estas líneas he querido y quiero hacer partícipe a todos, desde los que no te conocían bien, hasta los que más te han querido, de los enormes valores que tú nos has transmitido y que nos hacen sentirnos orgullosos de tí, has sido y serás referencia y ejemplo no solo de la discapacidad, sino de lo que un hombre bueno debe hacer en su paso por la tierra.
Enhorabuena Manolito, tú ya has cumplido y a nosotros nos toca ahora continuar el camino que en gran medida tú nos has señalado.
Descansa en paz.
Fdº Alberto de Pinto Benito
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